jueves, 22 de septiembre de 2016

DE LA BANALIZACIÓN DE LA CAUSA DE DESPIDO AL CONTRATO ÚNICO.




Con ocasión de la publicación de la STJUE de 14 de septiembre de 2016, de Diego Porras, (asunto C-596/14) algunos autores han argumentado que puede haberse abierto un camino para el contrato único y señalados exponentes políticos de la familia neoliberal han arrimado el ascua a su sardina del tan mentado contrato. La razón alegada es que el TJUE ha declarado que el art. 49.1 c) ET, que deja sin indemnización a los contratos de interinidad, es contrario a la cláusula 4 del Acuerdo Marco de la CES, la UNICE y el CEEP sobre el trabajo de duración determinada, incorporado a la Directiva 1999/70/CE, de 28 de junio de 1999. La consecuencia de esa decisión del Tribunal de Luxemburgo es que se iguala la indemnización del contrato de interinidad  (por extensión todos los temporales, excepto, parecería, los formativos porque su naturaleza sería una causa objetiva para la diferencia de trato) con la de los indefinidos. Esa indemnización tendría que ser la del art. 53.1 b) ET, es decir, 20 días de salario por año de servicio, si el despido no ha sido declarado disciplinario improcedente.

No se ve bien de donde sale que la igualación de la indemnización entre contratos temporales e indefinidos abre el camino hacia el contrato único. Hay que recordar que en España el despido es la extinción del contrato llevada a cabo por voluntad unilateral del empresario. Pero esa voluntad, que es el detonante del despido,  necesita una causa que la justifique. No existe el despido sin causa, ni la causa opera de modo automático, tiene que ser alegada por el empresario. Así está establecido en el art. 30 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, en el art. 35 de nuestra Constitución según firme interpretación del Tribunal Constitucional, en el Convenio 158 de la OIT, ratificado por España, el art. 24 de la Parte I de la Carta Social Europea, también ratificada por España y en el Estatuto de los Trabajadores. La esencia del llamado contrato único está en que el despido sea posible por la libre voluntad del empresario sin alegación de causa, a cambio de dar una indemnización, con la salvedad, es obvio, de no incurrir en discriminación prohibida. Ese constructo, hay que insistir, es contrario a la abrumadora legislación aplicable. Tampoco es posible la igualación por abajo de las indemnizaciones para evitar la tacha de discriminación, ni mucho menos ese contrato único, aún con indemnización creciente, porque la cláusula 8ª, nº 3, del Acuerdo Marco a que se ha hecho referencia establece que: “La aplicación de las disposiciones del presente Acuerdo no podrá constituir una justificación válida para la reducción del nivel general de protección de los trabajadores en el ámbito cubierto por el presente Acuerdo.” Lo que muy lícitamente puede entenderse como una prohibición de la regresividad.
La existencia de contratos por tiempo determinado puede estar perfectamente justificada y cuando sobreviene la fecha que se pactó para su duración, ese hecho es la causa de justificación de la voluntad empresarial de despedir, de tal modo que si el empresario no procede al despido (por las razones que sean) la relación laboral continúa. El despido en España, como es bien conocido, precisa de tres elementos: Causa que legitime la voluntad extintiva del empresario; forma en que se expresa esa voluntad (escrita) y derecho del trabajador a una revisión de esa decisión ante un tercero neutral, normalmente ante la jurisdicción social. Lo que ocurre es que desde hace ya algunos años se está procediendo a una banalización de la exigencia de la causa por parte de los tribunales, en especial en los despidos disciplinarios, a la que el legislador (hay que recordar los desaparecidos despidos express ) y toda una ideología pro empresarial ha contribuido en importante medida. Si hay una indemnización parece que se relaja el escrutinio judicial para comprobar si hay una suficiencia de la causa para despedir. Puede decirse que de los polvos de la banalización de la causa vienen los lodos del contrato único.


martes, 6 de septiembre de 2016

Es una imperiosa necesidad que el PP haga una larga travesía por el desierto




En una democracia parlamentaria no pervertida no debería ser motivo de alarma o escándalo que un partido revalidara la mayoría que le permitía gobernar, ni que se produjese una alternancia en el poder. Tampoco que para alcanzar esa mayoría se alcanzasen pactos entre distintas fuerzas. En España, hoy, sin embargo, no estamos en una tal situación, sino que la nuestra es de una gravedad extrema. En los casi cinco años que lleva gobernando el PP el deterioro de los valores democráticos ha sido de tal calibre que se puede decir con propiedad que ha instaurado un Régimen, en el sentido de que el partido ha tomado grandes espacios de poder en la Administración Pública, en la de Justicia, ha anulado el funcionamiento parlamentario de las Cámaras,  ha puesto los intereses públicos al servicio de los de las grandes corporaciones privadas en sectores estratégicos como la energía, las comunicaciones o los servicios financieros. Los medios de comunicación más importantes están convenientemente amaestrados. La corrupción no es algo ocasional,  producto de actuaciones singulares de individuos débiles ante la tentación, sino que esta en la misma esencia del Régimen. El deterioro de los derechos sociales y de las libertades tampoco es algo pasajero debido a la coyuntura desfavorable, no, también está en su esencia porque a la arraigada cultura de la derecha española que considera el país suyo en el que, por tanto, el ejercicio del poder solo a ellos de modo natural corresponde, se ha añadido la ideología neoliberal que justifica que los derechos a la educación, la atención sanitaria, las pensiones, solo puedan ser disfrutados por quienes se los puedan pagar. La propuesta del ex ministro Soria para un alto cargo con no mucha carga de trabajo en el Banco Mundial, pero con una salario de unos 19.000 € al mes, es una clara manifestación de esa cultura cortijera y mucho más lo han sido las justificaciones esgrimidas ante las primeras críticas. Rajoy vive en su nube tan alejada de la realidad social y tan seguro se si, que solo el gran clamor que se ha alzado ante este escándalo le ha obligado a pedir al interesado que retirase la solicitud a esa canonjía. Pero el mal ya está hecho.


Por esto llama la atención que haya tantas dificultades para formar Gobierno entre los que no comparten ni esa cultura ni esos valores. La prioridad es clara, recuperar las formas, los comportamientos y los valores democráticos y para ello es necesario que el PP pase una larga temporada en el desierto como los antiguos anacoretas, para ver si en esa dura experiencia puede depurarse, cosa harto improbable para un partido que no ha condenado el franquismo. Estamos en una situación de emergencia democrática y es esencial que en los distintos organismos de la administración, desde Institutos de Investigación hasta la Administración General del Estado, se destierren las prácticas autoritarias. Es necesario que se instaure otra cultura entre jueces, funcionarios, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en la que adoptar actitudes autoritarias y parafascistas no solo no sea un mérito para prosperar, sino un demérito. Es necesario que se transmita a la sociedad civil el mensaje claro que todos estamos sometidos a las mismas reglas y que estas deben dejar se ser una jungla al servicio de los poderosos en su aplicación por los órganos del poder estatal. En definitiva, acabar con el Régimen, porque eso redundará en que no se extienda entre una parte de la población una cultura que ampara la perversión de la democracia. Esta tarea es prioritaria y tanto el PSOE, como Unidos Podemos y Ciudadanos, así como otros partidos más pequeños en su representación parlamentaria, no deberían de tener dificultades en encontrar puntos de acuerdo mínimos. Habría que recordar a exponentes del PSOE, como Emiliano García-Page, y de Ciudadanos que en algunas Comunidades Autónomas y ayuntamientos (por ejemplo en Castilla-La Mancha) el PSOE gobierna gracias al apoyo parlamentario de Unidos Podemos y en otros lugares recíprocamente ¿Tan difícil sería dejar gobernar al PSOE (por ser el partido con más diputados de la oposición al PP) sobre un programa de recuperación democrática y el compromiso de que Pedro Sánchez se sometiese a una votación de confianza de aquí a dos años para evaluar los avances? Es una situación excepcional que exige soluciones excepcionales y no sería difícil que un acuerdo de este tipo lo entendiesen las respectivas bases sociales del PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos, si estos últimos de verdad están por una recuperación de los valores democráticos.

miércoles, 31 de agosto de 2016

RAJOY Y LOS MALVADOS BANALES

De modo casi inconsciente hay una tendencia a pensar que la banalidad excluye a la maldad. Una persona banal es tenida por inocua en su insignificancia, pero eso es un grave error porque esa manera de pensar no distingue la banalidad del sujeto de sus acciones, que bien pueden tener consecuencias terribles para muchísimas otras personas. La banalidad no puede eliminar el mal como Hanna Arendt nos enseñó en su imprescindible libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal del que en este momento en Europa, y en España en particular, se pueden extraer muy provechosas lecciones.

El libro de Arendte más que una crónica del juicio al que en Israel fue sometido el nazi Eichmann, secuestrado en Buenos Aires en 1960 en donde trabajaba en la fábrica de Mercedes Benz. En contra de lo que intentó la acusación, en ese juicio quedó de manifiesto que el acusado no era un monstruo, ni odiaba a los judíos, ni era un fanático antisemita, ni ordenó matar a persona alguna, ni lo hizo él mismo, simplemente se limitó a organizar el largo viaje (en general en trenes de carga) de cientos de miles de personas (en su mayoría judías), primero obligadas a un desplazamiento forzoso a campos de concentración en los que se usaba el trabajo esclavo para fabricas como Krupp o Siemens y desde 1941, cuando se adopta la Solución Final, a los campos de extermino. Era siempre plenamente sabedor de lo que ocurría en esos lugares, pero, como repitió en el juicio, él no mataba, organizaba la maquinaria burocrática para un transporte eficaz. No tenía mala conciencia, sino satisfacción por haber cumplido su deber de ciudadano cumplidor de la ley que recurría para explicarse a frases hechas, hueras, clisés, cuya incapacidad para hablar con propiedad mostraba su incapacidad para pensar por si mismo y, sobretodo, para pensar desde el punto de vista de otro. Arendt reitera que en el juicio se vino abajo la sospecha de que Eichmann fuera un monstruo, pero fue tomando cuerpo la de que era un payaso que no tenía mala conciencia ni se engañaba porque había estadoactuando en plena armonía con el mundo en que vivía,en donde imperaba un autoengaño de la mayoría de la población alemana y en el que no hubo protestas cuando el partido nazi se apoderó del aparato del Estado y los altos cuerpos de la Administración se sumaron con entusiasmo a las tareas de la Solución Final redactando reglamentos y ordenanzas para poner en práctica la voluntad del Führer que era considerada fuente de derecho.

Eichmann, nos dice Arendt, era un irreflexivo, pero no estúpido, lo que nos lleva al problema de la responsabilidad. Al crearse una maquinaria burocrática que organiza “matanzas administrativas” cada funcionario, cada miembro de ese engranaje cumple con su obligación y puede pretender, para exonerar su responsabilidad, que cualquiera otra persona podía haberlo hecho igual. Es el “imperio de nadie” en que por ser todos responsables potenciales ninguno lo es. Pero Arendt nos recuerda la distinción aristotélica entre potencia y acto. Muchos pudieron, pero algunos hicieron y por ello merecen ser juzgados y condenados. De hecho, aunque fueron excepciones, hubo personasen Alemania que se opusieron a los horrores del III Reich y lo pagaron caro. Hay que recordar que los primeros perseguidos fueron los antifascistas, en especial los comunistas, y que en los territorios de la URSS, tras las tropas regulares del ejercito y con su colaboración actuaba un cuerpo especial cuya tarea era la eliminación in situ de cuantos personas eran consideradas guerrilleros o simpatizantes del Ejército Rojo. Las mayores pérdidas humanas de toda la segunda guerra mundial las sufrió la URSS. La excepción, aunque solo hubiera estado constituida por una sola persona, como nos recuerda el poema de Cernuda, bastaría para dar dignidad al género humano y por lo mismo hay que reivindicarla y ponerla como ejemplo para todo el mundo.

La burocracia en la que parece imperar “el imperio de nadie” y que crea un lenguaje que encubre la realidad, que miente, no es cosa del pasado. Hoy esa burocracia va más allá del aparato estatal en una confusión en la que grupos económicos privados dominan los instrumentos públicos y los medios de persuasión pervirtiendo la idea democrática para huir de la responsabilidad por actos que tienen consecuencias extremadamente dañinas para una gran parte de la población.

Lo ocurrido con las políticas del Partido Popular en estos últimos años es un claro ejemplo. Apenas llegó al poder el Gobierno de Rajoy, despreciando las formas democráticas, entre otras cosas mediante el uso torticero de la legislación de urgencia,aplicó un programa que nada tenía que ver con el que ganó las elecciones. Un programa elaborado por mentes no banales en el que los derechos laborales que sirven para preservar un mínimo de dignidad a la persona que trabaja fueron sacrificados en aras del interés empresarial para “mejorar la eficiencia del mercado de trabajo” (como si el trabajo fuese una mercancía cualquiera), el Sistema de la Seguridad Social horadado, el acceso a la justicia severamente limitado con el aumento de las tasas, el poder judicial colonizado en interés del partido, la protesta social criminalizada, la educación y la atención sanitaria profundamente deterioradas y convertidas en “oportunidades de negocio”, los medios de comunicación, en fin, puestos al servicio del Gobierno y del partido en el poder para mediante la manipulación y la mentira justificar sus tropelías. Las consecuencias han sido claras: aumento de la desigualdad, de la pobreza, de la precariedad y enormes sufrimientos de una gran parte de la población.A todo ello hay que sumar una corrupción rampante enquistada en el núcleo mismo del Partido Popular que se ha extendido cual gangrena por las administraciones públicas que han caído en sus manos.

En pocos años el deterioro de los valores democráticos ha alcanzado cotas insospechadas para quienes pensaban que la salida de la dictadura franquista nos llevaría a un avance progresivo en libertades y derechos. Ahora estamos, no en una regresión, sino en algo peor, en un cambio de época en el que las clases oligárquicas utilizan las instituciones supranacionales (Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea, Banco Central Europeo) convertidas en un “imperio de nadie”, pero formado por personas de carne y huesos, para arremeter contra el Estado Social y Democrático de Derecho en que se plasmó el pacto constituyente fundante de nuestro sistema de convivencia y de la Europa de la segunda postguerra. Todo esto tiene una enorme gravedad y personas determinadas, en lo que nosotros toca Rajoy en tanto que jefe del Gobierno y del partido del poder y como cabeza de otros secuaces, ha contraído graves responsabilidades de las que no le puede librar la banalidad con la que se expresa y comporta (sus continuos deslices con el lenguaje en cuanto se sale del guión que le preparan muestra su dificultad para pensar). Ahora otra vez Rajoy pretende volver a ser presidente del Gobierno banalizando las maldades cometidas, llama a la responsabilidad de otros para que le apoyen confundiendo las palabras, porque a lo que tendría que aludir es a las obligaciones que los representantes públicos tienen frente a sus representados, empezando por las suyas. Responsabilidad es soportar las consecuencias de las propias acciones, consecuencias de las que quiere huir al pretender que está al margen de ellas porque sus electores no le han exigido responsabilidades políticas  (como si fueran las únicas) al ser el partido más votado, pero de nuevo banaliza cuando pasa por alto que en una democracia parlamentaria el 67 por ciento que no le quiere es mucho más que el 33 por ciento que todo le perdona. Una democracia que merezca ese nombre no puede tener un Gobierno formado por gente que ha creado un enorme un enorme aparato de producción de males, los “sacrificios” que según ellos no han podido evitar imponer a la población por “las circunstancias” en las que se han encontrado. Eso mismo venían a decir Eichmann y sus congéneres para justificar sus conductas.





viernes, 24 de junio de 2016

¿Y AHORA QUÉ? ¿QUÉ HACEMOS CON LA UNIÓN EUROPEA?

Era previsible. La reacción de una parte de los medios de persuasión dominantes partidarios del si en el referéndum británico de ayer aprovechan para atacar a las fuerzas de izquierda que ponen en cuestión la políticas de la austeridad y la falta de democracia en la Unión Europea metiéndolas en el mismo saco con los partidos de extrema derecha antieuropeistas y xenófobos.  Al mismo tiempo, de forma un tanto contradictoria, alaban las “virtudes británicas”, casi como lo hacen algunas fuerzas ultranacionalistas  que propugnaban el abandono. Al mismo tiempo no dejan de reconocer que son necesarios profundos cambios para recuperar el proyecto europeo y para ello apelan a los líderes actuales a ponerse manos a la obra.

Pero hay que aclarar varias  cosas, como, entre otras,  definir el proyecto integrador europeo, encarar  el arrastrado por años  “déficit democrático”, y quienes tienen que liderar el nuevo proyecto.

Sobre la primera de las cuestiones es conveniente recordar que el Reino Unido se sumó al proyecto europeo en 1973 y desde entonces ha sido un socio incómodo, egoísta y retardatario o directamente boicoteador de “una unión más estrecha entre los pueblos de Europa”. En el nacimiento de las Comunidades Europeas, allá por 1951, El Reino Unido no quiso formar parte de las mismas que, siendo una unión funcional en torno a objetivos concretos, implicaban una cesión de competencias soberanas desde los Estados a las recién creadas instituciones supranacionales, sino que por el contrario impulsó la creación de una zona de libre cambio (la EFTA) que no repugnaba incluir en su seno al Portugal de la dictadura salazarista. Pero la EFTA fracasó y la Comunidades Europeas fueron un éxito cuyo magnetismo atraía más y más socios. En importante medida ese magnetismo tenía mucho que ver con el impulso ético que animó el proyecto de integración europea: la paz y el reconocimiento de derechos sociales, el respeto por el Estado Social y Democrático de Derecho, que convivía, no sin tensiones, con los objetivos económicos de construir un mercado interior sin fronteras.  Ese impulso ético era producto de la correlación de fuerzas entre las clases sociales europeas traumatizadas por la experiencia de la primera y la segunda guerra mundial, de la que nuestra guerra civil fue el prólogo.  Desde la caída del muro de Berlín el proyecto europeo ha ido desdibujándose en un claro desequilibrio a favor de las libertades económicas frente a los derechos sociales pareciéndose, cada vez más y poco a poco, a una zona de libre cambio comercial. Bruselas se ha convertido en una sentina del capital financiero. Por ahí es por donde hay que empezar la reconstrucción para que la Unión sea espacio de solidaridad mediante el respeto y defensa de los derechos humanos, en especial de los derechos sociales. Los movimientos xenofóbicos y nacionalistas tendrían la hierba segada bajo sus pies cuando los trabajadores de Europa viesen que Bruselas es la proa en defensa del trabajo y la protección social decente frente al capital globalizado,que a través de tratados como el TTIP o el TiSA quiere imponer sus reglas.

Esa reconstrucción no puede hacerse de forma oculta a espaldas de la ciudadanía. Las élites europeas se han acostrumbrado en estos años a funcionar sin transparencia, blindadas por un entramado burocrático que aleja los controles democráticos,  a pesar de los intentos del Parlamento Europeo. Los ejemplos son muchos, pero basta citar que el llamado eurogrupo, cuyas decisiones son de extremada importancia para la vida de los ciudadanos, funciona prácticamente sin reglas y toma sus decisiones en secreto.

Se les pide en la prensa oficial a los lideres políticos de Europa que se pongan a la obra para reverdecer el proyecto europeo, pero esos mismos líderes no están legitimados para ello después de haber llevado a la Unión Europea al estado en que se encuentra por su sometimiento servil a los intereses del gran capital globalizado, en el que también participan capitalistas europeos. La crisis de 2008 mostró el fracaso del modelo neoliberal pero la UE no fue capaz de dar una respuesta que no haya sido más neoliberalismo con el consiguiente aumento de desigualdad, pobreza,  precariedad y exclusión social. Otros lideres europeos deben conducir el proyecto integrador de una nueva Unión Europa que sea ejemplo para un orden mundial respetuoso con el medio ambiente, la igualdad, la libertad, la solidaridad y la justicia social, pues sigue siendo válido lo que la Constitución de la Organización Internacional del Trabajo pregonaba en 1919, que la paz mundial solo es posible si se construye sobre la justicia social. Las elecciones españolas del 26 son una buena oportunidad para esa renovación.

Es de lamentar que el 52 % de los británicos no quieran participar de esta hermosa aventura, pero nadie puede ser obligado a ello, porque solo con socios fiables se puede emprender ese camino.  ¡Allá ellos!


lunes, 20 de junio de 2016

CRISIS DE LOS REFUGIADOS, CRISIS DE EUROPA




Esta foto fue publicada en los periódicos en septiembre de 2015 y provocó una conmoción  ver a ese policía turco que llevaba en sus manos el cadáver un niño sirio ahogado cuando con su familia trataba de llegar a Europa.Aquella tragedia no ha cesado. Desde entonces otros muchos niños, niñas y personas adultas han muerto en el Mediterráneo en iguales condiciones y su habitualidadparece que está embruteciendo la sensibilidad de la ciudadanía europea. En esa imagen la fragilidad del cuerpo del niño parece convertirse en un peso insoportable para el fornido policía y dio pié al escritor neerlandés Cees Nooteboom para compararla con el cuadro del Bosco,San Cristóbal con el niño Jesús, en el que un gigantón, que parece abrumado por un peso excesivo, lleva en sus hombros a un niño para hacerle cruzar un rio, pero en el caso de la fotografía“el niño era demasiado pesado para Europa, porque Europa no existe. Fue incapaz de llevar a ese niño”[1].

La crisis de los refugiados ha evidenciado el fracaso y desastre en el que se ha convertido la Unión Europea, que si una vez aspiraba a ser “una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa” y un espacio en el reinase la paz merced al reconocimiento y tutela de los  derechos humanos y en especial de los derechos sociales, se ha convertido en otro en el que campa la desigualdad, la insolidaridad y la xenofobia. Pero todo eso no ha sido producto de la casualidad, sino del abandono del impulso ético que latía en los inicios del nacimiento de las Comunidades Europeas como reacción a los dramas de las guerras que en el siglo XX asolaron el continente. Se dice que la ciudadanía europea siente cada vez un mayor desapego por las instituciones de la Unión ¿Cómo no va a ser así cuando Bruselas se ha convertido en una sentina del capital financiero? Un capital a cuyo servicio se han puesto la mayoría de los representantes  políticos degradando el valor y la esencia de la democracia de la que tan orgullosa se sentía en otro tiempo Europa al inventar la fórmula del Estado Social y Democrático de Derecho. Ahora el presidente de la Comisión publicita una revitalización del pilar social, pero no tiene credibilidad alguna, es solo un intento de salir al paso de la cada mas grande falta de legitimidad de sus políticas.

El proceso de integración europea se frenó a partir de Tratado de Amsterdam, en 1997, y el giro hacia la renacionalización y el intergubernamentalismo se consolida desde el Tratado de Niza, en 2001, junto con la adopción de políticas neoliberales, producto de la agresividad desatada por las oligarquías económicas contra las clases trabajadoras. Todo ello ha provocado que frente a la crisis de 2008 la Unión no supo actuar con una voz única y cuando lo hizo fue para hacer recaer sobre los más débiles de su población las consecuencias de los desmanes del capital financiero. El referéndum británico sobre el abandono de la Unión es producto de ese aumento del nacionalismo y la xenofobia y la falta de atractivo del proyecto integrador europeo, cuyo resultado, sea cual sea,  no puede dar lugar a que se abandonen los más nobles ideales que una vez tuvo aquel proyecto. Un proyecto que, a pesar de todo, es la mejor alternativa para garantizar la vida decente a las personas que habitan en este rincón del mundo y puede ser ejemplo en todo el planeta para poner coto a los desmanes del capital globalizado y su proyecto neoliberal. Para eso es necesario que los trabajadores de Europa reviertan la actual situación y establezcan puentes de solidaridad con los trabajadores de otros lugares del mundo para que la mejora de sus condiciones vitales elimine los factores de expulsión (guerras, persecuciones o simplemente hambre) que llevan a tantas personas a abandonar sus casas, sus ciudades, sus seres queridos y convertise en refugiados a los que Europa rechaza. Unidos Podemos hacerlo.




[1]El Bosco. Un oscuro presentimiento, Siruela, 2016. 

sábado, 2 de abril de 2016

QUEREMOS NUECES, NO RUIDOS




Hay que aclarar, ante todo, quienes somos los que decimos:  "queremos nueces". Aclaración necesaria para evitar semejanzas con eximios representantes del partido de los corrompedores y corruptos, todavía hoy en el Gobierno, aunque en funciones, a quienes se les llena la boca arrogándose la recta interpretación de lo que quieren u opinan “los españoles”.

Teniendo en cuenta que en las elecciones solo les ha confiado su representación una minoría del cuerpo electoral (más o menos el 28 por ciento),  y no consta que antes de hacer tales afirmaciones hayan recibido una llamada de teléfono o un triste whatsapp  del 72 por ciento restante, resulta claro que hacer tales afirmaciones es el resultado de una mentalidad autoritaria de corte fascista como la de Franco quien, por la gracia de Dios, sabía interpretar lo que los españoles tenían que pensar por el bien de la patria. Se conoce que les cuesta mucho abandonar esa escuela. Pues lo dicho, para no incurrir en semejante aberración, este nosotros aspira a incluir a todas aquellas personas, que no son todas las españolas, que en las elecciones de diciembre votaron, a la vista de lo que propusieron los partidos, por recomponer los desastres causados por las políticas austericidas y represivas de los últimos años. Es una gran mayoría a la que hay que sumar, como diría el admirado López Bulla, algunos conocidos y saludados. Los amigos están incluidos de oficio. 

Cuando pedimos nueces pedimos que haya cambios concretos que limiten el inmenso poder que en España tiene una ínfima élite económica a cuyo servicio actúan los medios de comunicación más difundidos, aunque cada vez menos atendibles y más degradados. Esos medios se hacen eco de supuestas manifestaciones de representantes de los partidos políticos que podrían liderar un cambio sin analizar ni destacar (es más, se ocultan) las medidas necesarias sobre las que se podría construir una alianza. Por el contrario se mete ruido con la gobernabilidad, la estabilidad, la necesidad de una coalición “moderada” que incluya el PP (!!) . En esa operación está el nuevo partido de la derecha, Ciudadanos y el PSOE parece sigue hablando del pacto con este partido como sólido punto de arranque para cualquier acuerdo con otras fuerzas de progreso. ¿Por qué no nos ahorran tanto ruido y nos dicen lo que es necesario hacer? El nosotros de más arriba opina que quien tiene una posición maximalista es Ciudadanos al no querer revertir la inicua reforma laboral.


Una posición que el PSOE no debería asumir, está a tiempo de corregir si de verdad, como dice, quiere que el PP pase una temporada en el taller de reparaciones sin mando en plaza. Además de revertir el desastre de la regulación vigente sobre la prestación de trabajo, es urgente la derogación de la ley mordaza, la reforma del código penal, la protección efectiva de la educación y la sanidad públicas, poner orden en la radiotelevisión pública para que deje de ser instrumento de adoctrinamiento partidista, reforma de la ley electoral y llevar otra voz a Bruselas para construir una Unión Europea más decente. Estas serían las nueces que estamos deseando caigan del nogal de la democracia, aunque no sea el tiempo agrícola de ello. 

martes, 8 de marzo de 2016

POR UN GOBIERNO COMPROMETIDO CON EL TRABAJO DECENTE.

Pasada la primera fase de búsqueda de coaliciones parlamentarias para formar Gobierno, se abre otra nueva. No parece aventurado sostener que estamos inmersos en un alarmante deterioro de la democracia y por ello cualquier acuerdo de gobierno debe tener como objetivo central acabar con él. Para ello, parece evidente que no se puede contar con el Partido Popular que con sus políticas ha sido y es un agente clave de ese deterioro. Ahora que llega la Semana Santa el PP debería emprender un largo camino por el desierto ataviado con jirones de un pobre saco por toda vestimenta, arrojándose ceniza por la cabeza en señal de expiación. Aunque la arrogancia que le caracteriza es casi seguro le impedirá hacerlo. Un partido, además, altamente sospechoso de dejarse atrapar, para obtener financiación ilegal, en una red tejida por poderosos corruptores a cambio del reparto de prebendas desde el poder que le otorga el dominio de instituciones públicas. Presuntamente ha concurrido a las elecciones como la atleta Marta Domínguez, militante suya, hacía en las competiciones: recurriendo al doping y por ello ha sido privada de las medallas que tan torticeramente obtuvo. Debería de haber un mecanismo para privar de sus escaños a los partidos tramposos cuando han recurrido al doping de la financiación irregular.

Pero la única o principal amalgama de la nueva coalición no puede ser mandar al PP a la travesía del desierto. Tendrá que ser construida en positivo, es decir, hay que ponerse a “desfacer enturertos”. Muchas son las tareas que hay que emprender, pero podrían resumirse en la urgente necesidad de limitar los grandes poderes económicos y sociales (en especial mediáticos) que una ínfima élite detenta generando una enorme desigualdad y un vaciamiento del Estado Social y Democrático de Derecho en que, según nuestra constitución, España se constituye. De todas esas tareas hay una esencial, cual es la dar al trabajo el valor social y político que tiene. El trabajo con derechos, resultado de la azarosa y heroica lucha de generaciones que nos han precedido, ha sido el resultado de la construcción de un Derecho del Trabajo que tiene como esencia la búsqueda de un reequilibrio (aún imperfecto) de la posición social y económicamente desequilibrada entre empresario y trabajador. Reconocer derechos a la persona que trabaja ha sido el pasaporte hacia la ciudadanía para quienes, teniendo que vender su trabajo, no eran sino súbditos en un mundo de sujetos de derecho solo formalmente iguales pero realmente muy desiguales. La imposible separación de la persona que trabaja del trabajo que por el contrato se obliga a prestar al empresario hace que, en una sociedad que aspire a un mínimo de decencia, el trabajo no pueda ser considerado una mercancía.

Por esta razón el pacto del PSOE con Ciudadanos, en lo que al trabajo se refiere, si se mantiene en sus términos actuales, no puede ser la base de coaliciones más amplias,  porque desvaloriza y despolitiza el trabajo. Por poner algún ejemplo, el “contrato estable y progresivo”, inspirado en el programa de Ciudadanos,  de dos años de duración máxima, es una contradicción en los términos pues ¿cómo puede ser estable lo que es temporal?. Se presenta como una gran novedad para superar la precariedad pero su grave error de partida es que con ese contrato se abandona de modo definitivo la causalidad en la contratación, según la cual para necesidades permanentes de las empresas deberían hacerse contratos indefinidos. Ahora este contrato será el modo de ingreso ordinario al trabajo, pero, además, ignora que hay necesidades en sí mismas temporales, como las obras o servicios determinados, las circunstancias eventuales por razón de la producción o las situaciones de interinidad. La precariedad viene de la amplia facultad de disposición del contrato de modo unilateral en manos del empresario, ya sea indefinido o temporal. Amplia disponibilidad que muestra toda su potencia lesiva en la enorme facilidad para despedir. La confusión entre precariedad y temporalidad se produce cuando, como ocurre ahora, hay fraude masivo en la utilización de las figuras contractuales temporales. En vez de perseguir el fraude, lo que se hace con este “contrato estable y progresivo” es legalizarlo.  La precariedad tiene otra gran fuente en la banalización de la causa para despedir. La Constitución, el Convenio 158 OIT, la Carta Social Europea, la carta de Derechos Fundamentales de la UE y el propio Estatuto de los Trabajadores exigen que para que el despido sea lícito tiene que, además de cumplir con requisitos de forma y poder ser revisado ante un tercero neutral (jueces en nuestro caso), responder a una causa lícita. Reducir el problema del despido al montante de la indemnización es degradar la exigencia de causa. La indemnización, en los casos de despidos declarados contrarios a derecho, solo tiene sentido cuando no hay posibilidad de readmisión del trabajador a su puesto, que sería lo coherente.  En la práctica se está instalando una cultura de despedir sin causa a cambio de una indemnización tasada y limitada, cada vez más limitada, cuando, de acuerdo a buena técnica jurídica, esos casos deberían ser declarados nulos con opción para el trabajador por la readmisión o la indemnización. Si optase por la indemnización (por temor al futuro clima laboral, por ejemplo), además de la indemnización tasada y limitada, podría reclamar por todos los daños que la decisión injusta de despedir del empresario le ha causado, daños que tendrían que ser demostrados.

Nada de todo esto se refleja en el acuerdo del PSOE con Ciudadanos, sino que, por el contrario, se insiste en la línea de tendencia de enfangar la problemática del despido, que es donde se pone más descarnadamente de manifiesto “la violencia del poder privado” (BAYLOS y PÉREZ REY), en un asunto de indemnización. La regla de “toma el dinero (poco) y corre” es una clara expresión de tratar al trabajo (por tanto al trabajador) como una mercancía, una commodity para decirlo en la jerga de los economistas que inspiran en los últimos tiempos las reformas laborales. Si hay una voluntad de “regeneración democrática” un partido como Ciudadanos, que ha sacado 3.500.446 votos y 40 diputados, debería estar de acuerdo en ceder en sus posiciones en materia social frente a partidos como PSOE, Podemos, IU, PNV (que no tiene en materia social una ideología neoliberal) y Coalición Canaria que suman más de 12.000.000 de votos y 168 diputados. Para ello sería bueno que trajeran a su mente que, nacida como respuesta a la terrible experiencia de la 1ª Guerra Mundial, la OIT cumplirá su centenario en 2019. Sigue vigente lo que su Constitución establece: “que la paz universal y permanente sólo puede basarse en la justicia social”, y que “si cualquier nación no adoptare un régimen de trabajo realmente humano, esta omisión constituiría un obstáculo a los esfuerzos de otras naciones que deseen mejorar la suerte de los trabajadores en sus propios países.  Por ello, el primer principio fundamental sobre los que se basa es que “el trabajo no es una mercancía”.