No cabe duda que la sociedad española, y probablemente la mayoría de las sociedades del planeta aspiran a vivir en democracia. Pero la palabra democracia se convierte en retórica vacía de contenido si se pasa por alto la cuestión esencial del poder. Cuando el poder reside en unas elites no hay democracia sino oligarquía. Se acepta que en las democracias representativas el poder político debe estar sometido a controles, de ahí la división de poderes y los mecanismos electivos en la designación de los representantes de la ciudadanía. Pero ¿qué pasa con los poderes privados? Si hablamos de democracia tendremos que aceptar que tienen que respetar el equilibrio institucional público diseñado en la Constitución y someterse a la supremacía de los órganos públicos que ejercen su poder cedido por los ciudadanos.
Los medios de comunicación, en cuanto poder privado, están obligados a respetar ese equilibrio establecido por la Constitución y no hacerlo es ponerse al margen de la misma. Los matices pueden ser muchos, desde la lenta y progresiva erosión de las formas democráticas (y de los valores que son su contenido), a la cobertura ideológica del golpe de estado o la apuesta por la vía insurreccional. Bien se sabe que la libre expresión de pensamientos y de opinión y el derecho a comunicar y recibir libremente información veraz son derechos fundamentales que deben de ser respetados en toda democracia. Su importancia estriba en que contribuyen (aunque no solo ellos, pues la educación o la instrucción también tiene un papel importante) a la formación de las opiniones por los argumentos que aporten en los casos de controversias. Expresión de opiniones y comunicación de información veraz deberían, sin embargo, distinguirse bien (como hace el art. 20 de la Constitución) para que los eventuales debates lo sean sin trampas, pero la experiencia muestra que esos límites son harto difíciles de establecer. Lo que se presenta como información veraz no deja de ser muchas veces otra cosa que mera opinión, aunque también aquí caben muchos matices. Dar relevancia a un hecho para convertirlo en noticia, es ya una opción. Cuando un gatito de una anciana se sube a un árbol y por no saber bajar se llama a los bomberos es un hecho que puede ser convertido en noticia. Pero si todos los hechos tan irrelevantes como ese se convirtiesen en noticia hace años que los bosques del mundo habrían sido transformados en papel-prensa. La relevancia o no de un hecho parece que es lo que debe convertirlo en noticia, eso ya es un límite. Pero cuando se trata de hechos que afectan a las instituciones democráticas esta operación debe ser hecha de forma más exquisita. Es otro límite, y otro más cuando está en juego la honorabilidad de las personas que ocupan esos cargos y el prestigio de la institución mismas.
Todo esto viene a cuento del tratamiento “informativo” que el diario El País ha dado a una conversación telefónica privada de la Presidenta del Tribunal Constitucional. De esa conversación lo que primero se deduce es la bondad de Maria Emilia Casas, que llama a alguien que no conoce pero la ruegan informe (información, que no asesoramiento) ante un supuesto desamparo en una situación de malos tratos. ¿No se dice que las personas que ocupan los altos cargos del Estado no deben de perder la sensibilidad propia de la buena gente común y corriente? La piedad es una de las virtudes propias de nuestra cultura, pero puede que obnubilado por la emulación anglosajona lo haya olvidado el diario global El País. ¿Qué tratamiento da El País a ese hecho? El de noticia de primera página calificándolo de asesoramiento punible por el código penal y para apoyar esa construcción reproduce el texto del correspondiente artículo del código penal, pero ¡ que casualidad! eliminando el párrafo fundamental para la tipificación de ese delito. ¿No es esto un caso claro de dudosa ética periodística, de amarillismo? Al parecer ese afamado diario cuando tuvo acceso (¿cómo?) a las transcripciones de la citada conversación se atuvo a lo previsto en su libro es estilo, he aquí que a ese documento privado convertido en guía primigenia de conducta, cuando debería haberse planteado, para ser más respetuoso con el derecho, que tal vez la jueza que había ordenado las escuchas telefónicas a una persona sospechosa de estar implicada en un homicidio ha violado el derecho a la intimidad de la Presidenta del Tribunal Constitucional pues ha escuchado una conversación que nada tiene que ver con el supuesto delito que está investigando (debería recordar el caso de financiación ilegal del Partido Popular conocido como caso Naseiro). Una conversación, por otra parte a todas luces intranscendente.
Cuando ante la infamia cometida en la persona de Maria Emilia Casas, que erosiona al propio Tribunal Constitucional, un grupo de compañeros suyos salimos públicamente a proclamar lo que bien sabemos y debe saber toda la gente, esto es, que la Presidenta del Tribunal Constitucional es ejemplo de honradez, está llena de virtudes, es trabajadora infatigable y de una profunda inteligencia que no debe de dejar de estar al servicio la sociedad española en puestos relevantes porque perderíamos a una persona como hay pocas, Vicente Jiménez, director adjunto, nos contesta en la sección del defensor del lector del día 15 de junio, domingo, (con esos defensores acusadores no hacen falta) que actuamos de “mala fe, con el corporativismo más descarado o una ignorancia monumental sobre el papel de la prensa en una democracia madura” porque pretendemos escamotear a los lectores de El País el conocimiento de los hechos que ellos han decidido convertir en noticia. Solo quien tiene la arrogancia de pensar que tiene un poder sin control puede decir que hacemos “juicios de valor descabellados”. Porque este es el problema, atribuyéndose el papel de servidores de una ciudadanía madura (¡) y bien informada que nadie sino ellos mismos se han asignado, los dirigentes de El País se consideran por encima de las instituciones, pues cuando el Tribunal Supremo ha dicho que los hechos son irrelevantes, cuando lo propio han dicho el resto de Magistrados del Tribunal Constitucional, El País sentenciaba en un editorial que eso no es suficiente, que aunque no hubiese delito (cosa que sugirió en su primer suelto) la opinión pública previamente formada por el mismo pide la dimisión de la Presidenta del Tribunal Constitucional. Pero hay de trampa. Primero se crea de una banalidad una noticia, luego se sigue machacando sobre ella durante 10 días, después el mismo que de algo insustancial levantó una polvareda se erige en representante de la ciudadanía frente a los poderes del Estado establecidos constitucionalmente. “Sin información no hay debate; y sin espacio para el debate la democracia se va por el desagüe”, dice el Sr. Jiménez con razón, pero la democracia se va por el desagüe cuando los que dominan los medios de comunicación llevan a su fregadero debates sobre lo que ellos quieren y como ellos los quieren menoscabando el honor de personas dignas y erosionando instituciones públicas esenciales para la vida colectiva que gozan de legitimidad democrática.
Puestos a elegir los temas para el debate hay que debatir las consecuencias de la conducta periodística antes descrita, porque algunos malpensados, entre otras cosas, pueden conjeturar que es un mensaje dirigido a los que detentan cargos públicos que les dice algo así como: “daos cuenta lo que podemos hacer de una banalidad, así que cuidado con lo que hacéis que nos pueda incomodar” . El que esto firma no es tan malpensado. Otro debate podría abrirse sobre porqué no aparece en primera página un hecho constatado cual es que desde 1 de enero a mediados abril de 2008 iban 22 sindicalistas asesinados (hoy son más) en Colombia por sicarios paramilitares que cuentan, como ha sido repetidamente denunciado por la Confederación Sindical de las Américas, cuanto menos, con la tolerancia del Gobierno de Uribe. Sin embargo para El País, como para otros periódicos españoles, esa noticia no es relevante y el gobierno Uribe es un campeón de las libertades. Una sensibilidad democrática de piel de elefante de la que es muestra la equiparación que hace el Sr. Jiménez entre la noticia a cerca de las investigaciones judiciales hechas sobre el difunto magistrado García Calvo por supuestamente exhibir en una discusión de tráfico una pistola y los hechos del presente caso. Es no entender nada.
Vienen a la memoria unas palabras, creo que de B. Brecht, sobre la gente que en la Alemania de los años treinta del siglo pasado no acababa de ver las tropelías de los nazis que, sin embargo tenían ante sus ojos. Decía mas o menos que “al que sentado sobre brasas no se le quema el culo, no tenemos nada que decirle”. Por eso el debate no puede continuar en las páginas de ese diario, es imposible, tiene que salir fuera.
JOAQUÍN APARICIO TOVAR
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social.